Porque lo que ves en un cuadro cambia según el momento del día, la iluminación ambiental y el estado de ánimo o la experiencia del propio espectador, haciendo que la obra nunca sea estática.
Porque una vez terminada, la pieza se emancipa de las intenciones originales de su creador y comienza a comunicar mensajes universales o personales que el artista jamás imaginó.
También posee la capacidad de generar emociones profundas, recuerdos, cuestionamientos o incluso reacciones físicas (como la melancolía o la alegría) en quien lo observa.
Por otro lado, los materiales envejecen, la capa pictórica respira y la obra acumula una pátina de vivencias y contexto histórico que la transforma con el paso de los siglos.
Un cuadro tiene el poder de crear un universo tridimensional completo y envolvente dentro de una superficie estrictamente plana, transportando a quien lo mira hacia otra realidad.
